Dicen los clásicos de la crítica literaria que la diferencia entre la gran novela y el folletín está en que la primera habla de personas corrientes en situaciones corrientes, mientras que el segundo lo hace —aparentemente— de personajes excepcionales en situaciones excepcionales. Añaden que la superioridad de aquélla se basa en hacer universal lo particular: uno lee Eugénie Grandet, pongamos por caso, y la vida vulgar, sumergida en la provincia francesa de la Restauración, de un detestable y mezquino avaro y de su familia, le hace aprender algunas cosas interesantes acerca de las variadas formas en la que los seres humanos podemos echar a perder nuestra vida. Los héroes de la gran novela son como usted o como yo, o como ese vecino cotilla y quejica que todos somos para los demás. El colmo de la sofisticación, dicen quienes saben de esto, llegará con las obras de Joyce y de Proust, en las que la trama de la novela se pierde directamente en lo insignificante: las naderías multiplicadas al infinito de la sociedad parisina; el anónimo deambular de dos oscuros dublineses, cierto día de 1.904.

Pero como yo no he leído todavía a Proust, y de Joyce sólo conozco —y a medias— el Portrait, me ahorraré repetir aquí opiniones de segunda mano. Más que nada porque estoy persuadido de que nuestra época, a la que tantos critican su presunta incapacidad mitopoiética, ha dado a luz a un héroe comparable a cualquiera de los clásicos, y que puede unirse a la selecta galería que forman Gilgamesh, Ulises, Don Quijote, o el Doctor Fausto. Un héroe que representa como ningún otro el profundo drama del hombre contemporáneo. Me refiero, como no podría ser de otra forma, a Homer J. Simpson.

Homer, inmortalizado en Land Art

Resulta difícil definir un carácter tan proteico como el de Homer Simpson: entre otras cosas, es ignorante, vago, machista, maleducado, inepto, teleadicto, bebedor, tragaldabas y manirroto. Es incapaz de administrarse, y carece de la inteligencia necesaria para prever las consecuencias de sus actos. Se deja engañar continuamente. Es capaz de olvidarse hasta del nombre de alguno de sus hijos. No es empresa fácil conservar la paciencia viendo cómo se conduce en su vida: anula las iniciativas de su mujer, se aprovecha de sus vecinos, desatiende a sus hijos. Su torpeza suele resultar catastrófica, tanto para él como para los que le rodean. Odia a Ned Flanders, su vecino, con un odio tan africano como poco justificado —a pesar de lo muy insoportable que sabe ser este último—, que le hace cometer toda clase de mezquindades. Tiene un trabajo que nadie, ni siquiera él, sabe exactamente qué es, pero que en cualquier caso es muy aburrido y está mal pagado… 

Es decir: Homer es, poco más o menos, como cada uno de nosotros somos en algún momento u otro. Eso es lo que hace a Homer grande: él es universal a fuerza de particularidades. Su drama no es sólo el drama particular de un vecino de Evergreen Terrace, Springfield, USA; es el de cualquier habitante de los miles de Springfields que componen la geografía de Occidente. Es el retrato en carne viva del hombre medio en toda su mediocridad, y de una forma más magistral por cuanto menos pretenciosa. Por eso mismo, el autor colectivo de los Simpson es un filósofo más fino e interesante que, pongamos por caso, Martin Heidegger. Las historias de los Simpson tienen lugar en un lugar tan idiosincráticamente americano como Springfield, pero Springfield es a Occidente lo que Homer al hombre occidental: en ella, lo anecdótico asciende a categoría, lo accidental a sustancia, y lo ridículo a sublime. Hay grandeza en el retrato de esa comunidad, con su alcalde corrupto, su televisión embrutecedora, su patética escuela y sus mil pequeñas miserias. Lo inverso sucede con Heidegger: aunque hable sin parar de cosas aparentemente universales y máximamente abstractas, en realidad uno tiene la impresión de que su horizonte mental es una y otra vez la asfixiante, provinciana, murmuradora y aburrida Marburgo. 

Pérdida

Una de las razones por las que los pobres suelen serlo cada vez más es que la pobreza suele ir unida a la ignorancia, y ésta es causa de que no se tenga idea del valor, real o potencial, de las cosas que uno tiene. De ahí que el pobre —el individuo, el pueblo, la ciudad o el país— esté dispuesto a deshacerse de ellas por un precio irrisorio. O a veces por ningún precio.

La ignorancia es lo que hace ver, por ejemplo, un erial inservible en la estepa de los Monegros, o unas casuchas en espera de derribo en el barrio del Cabanyal. Es la actitud que resume la genial ocurrencia de Miguel Gila: la de y fui a Grecia y oye, aquello está fatal: un desastre, todo roto, todo en ruinas

La ignorancia es lo que ha mantenido en abandono una maravillosa pieza de arqueología industrial: el Molí del Batà, un precioso molino hidráulico de los años 20, con una elegante ventana redonda déco y una maquinaria de madera de mobila maciza digna de admiración.

La ignorancia, el abandono y la dejadez de muchos —incluida la mía propia—, y la mala leche de algún hijoputa son las que esta tarde me han robado el Molí del Batà.

El molino podía haber sido un museo de la industrialización, un centro de interpretación de la huerta —está en el linde con el Parque Natural del Túria—, un maravilloso vivero de empresas… Podía haber sido cualquiera de estas cosas, o muchas otras. Ahora sólo será un recuerdo, y un testimonio de lo que pudo haber sido, y no será nunca porque la ignorancia respecto de nuestro pasado nos hace dilapidarlo sin siquiera darnos cuenta de ello.

Qué pena, qué vergüenza y qué asco.

 

Lo que son las cosas: hablaba yo en el post anterior del papel de la codicia en las burbujas económicas, y hoy el púlpito de El País lo ocupa alguien que habla de lo mismo. Aunque no exactamente. Dice Félix Ovejero:

… El mecanismo [el de la economía, ECDLM], eso sí, no es el de una simple correa de transmisión. Al menos, no en los países con instituciones que no son de cartón piedra. El mecanismo es más respetuoso con los políticos, aunque más desalentador con el orden del mundo.

Se llama expectativas. Hay que transmitir seguridad a quienes disponen de los recursos. Si se quiere que la máquina funcione, hay que allanar el camino a sus deseos. Sobre ese paisaje se edifican nuestras economías. El problema no está, como algunos moralistas parecen creer, en la codicia. La codicia, con ser importante, no es el único cemento con el que está amasada la especie. Sobran los experimentos que muestran que estamos dispuestos a echarnos una mano incluso a costa de nuestros ingresos… No, la codicia no es el problema. 

Servidor, ante la enésima y melancólica comprobación de que los poderosos siempre tienen más recursos a su disposición que los mindundis como usted o como yo, prefiere el análisis de Galbraith. Entre otras cosas, porque hila más fino; para empezar, no identifica afán de lucro con codicia. Por lo mismo, permite distinguir entre funcionamiento digamos normal de la economía —presidido por un igualmente normal afán de lucro, más que nada porque las cosas no son gratis y hay que pagarlas—, y episodio especulativo —en el que la expectativa de ganancias extraordinarias desencadena una espiral que se retroalimenta, de forma cada vez más hinchada, hasta el estallido final. (Por cierto: ¿alguien se acuerda de las promesas de un aterrizaje suave del subidón inmobiliario?) Y digo yo que no es lo mismo, y que la codicia, por lo general, que acaba siendo un problema.

Por lo tanto, no se trata de moralismo. El moralista utiliza el mismo razonamiento que el matemático del chiste, el que había descubierto un método para triplicar la producción de leche de las vacas, y que empezaba su demostración postulando sea una vaca esférica. De lo que trata, más modestamente, es de describir lo que sucede, e intentar explicar por qué sucede lo que sucede.

 

Bueno, pues parece que ya tenemos aquí oficialmente a las dos primeras de las tres hermanas fatídicas de la economía: desaceleración, crisis y recesión. Esta vez, su llegada ha seguido al desplome hipotecario-inmobiliario americano, causado por la mucha alegría habida a la hora de conceder créditos para adquirir viviendas a insolventes. Por cierto que, para quien quiera saber qué demonios es una sub-prime y por qué el sistema se ha venido abajo precisamente ahora,  aquí encontrará una explicación la mar de didáctica, escrita por alguien que entiende del tema, y no por un estudiantillo de tres al cuarto como yo. 

Obsérvese que en el post enlazado se habla de crisis de confianza. Y la confianza es el lubricante que hace funcionar una economía. No los bienes, los servicios o el dinero: esos son los objetos del intercambio. Antes hace falta que los actores confíen unos en otros. Y para que exista esa confianza hace falta que las expectativas recíprocas se vean cumplidas en un grado razonable. Más sencillo: para invertir un dinero en un producto financiero confío en que el banco me pague los intereses que me ha prometido; para que el banco pueda pagar estos intereses confía en que yo le pague religiosamente mi hipoteca; para que esto suceda, yo espero que mis clientes o mi patrón me pague por el trabajo que hago… Además, el sistema ofrece medios para asegurar que estas expectativas se van a cumplir. Esos medios, a su vez, tienen que ser objeto de confianza por parte de los agentes.

Pero en toda relación de confianza existe el peligro del abuso de la misma. En el caso de la economía, el motor que lo pone en marcha es la codicia: cuando los incentivos a abusar de la confianza superan con mucho a los posibles riesgos, la probabilidad de que el abuso tenga lugar es cercana a 1. A partir de ahí, el círculo de confianza se ha transformado en una mecha encendida, y sólo es cuestión de tiempo que acabe por estallar.

Cuando lo hace, como parece que ha sucedido, el resultado es que nadie se fía de nadie, con lo que la actividad económica languidece, las empresas reducen plantilla, con lo que se reduce aún más la actividad económica, proliferan las declaraciones concursales… en este momento los empresarios se vuelven neokeynesianos, se olvidan de sus críticas al déficit público y a la intervención en la economía y empiezan a reclamar que el Gobierno haga algo, por Dios, antes de que nos arruinemos todos.

Y en ésas estamos. 

Cambios en el blog

Como podéis ver en la columna de la derecha, El camarote de los Marx estrena cuenta en Flickr. A partir de ahora iré colgando algunas de las fotos que hago por ahí, según me da el día. O sea, que los habituales ladrillos se verán aligerados —espero— con comentarios acerca de las fotos que los señores de Yahoo me permiten colocar de gratis.

Dado que una de mis aficiones/obsesiones son los parques y jardines, he elegido para la inauguración de este album algunas de las fotos que tomé en el Jardín de las Hespérides de Valencia, hace cosa de un mes. El que aparece aquí abajo es —muy apropiadamente, porque se trata de un jardín temático— Hércules, apoyado en su clava, y levantando en la mano izquierda una de las manzanas de oro, algo mordisqueada. Por cierto, que no recuerdo yo ahora si el trabajo de cargarse al león de Nemea —cuyo pellejo se enreda entre los pies del héroe— venía antes o después de birlar las manzanas a las pobres muchachas…

El jardín en cuestión está al lado del Botánico, en un solar contiguo a una manzana no menos conocida en Valencia que las de las Hespérides y la del juicio de Paris juntas: la manzana de Jesuitas, que lleva cerca de quince años siendo objeto de discordia entre, on the right side, doña Rita Barberá y el dueño de la misma —de la manzana, no de la alcaldesa—, y, on the left side, una enorme cantidad de ciudadanos, ecologistas y gente de diversos pelajes. Sin que de momento, al menos, se hayan consumado los deseos más especulativos de los primeros. Por cuánto tiempo, sólo el Hado lo sabe.

Gran Scala va de farol

Atenta la compañía a esta noticia publicada en el País de hoy. Por lo visto, los promotores del macroproyecto Gran Scala hacen honor a la temática del engendro, y están resultando ser unos fulleros de bastante consideración. No me resisto a copiar lo siguiente: 

ILD, el consorcio promotor de Gran Scala, se registró en Cardiff el 17 de julio de 2007 con un capital social de sólo 50.000 libras (63.500 euros), el mínimo exigido por la normativa británica, según los medios locales. Los promotores de Spyland y Aquática, dos de los parques temáticos planeados dentro del complejo, crearon una sociedad instrumental en Reno en septiembre de 2007 con un capital de 950 euros. Todo muy lejos de los 17.000 millones de inversión que estimaban necesarios para convertir el desierto en tierra de casinos y tragaperras.

(Sobre esto, recomiendo esta entrada del Sekano, que fue la que me puso la mosca detrás de la oreja acerca de las verdaderas intenciones de estos supuestos inversores).

La gota que ha colmado el vaso y que el jueves obligó al consejero de Industria, Arturo Aliaga (PAR), a comparecer ante la oposición ha sido el descubrimiento de un dossier sobre un motor serbio y casi milagroso que apenas consume gasolina elaborado por los representantes de ILD en España para buscar inversores. En el documento habían impreso el logotipo del Gobierno de Aragón. Aliaga tuvo que aclarar que el Gobierno no había aportado un céntimo de los 4,8 millones de euros que pedían para desarrollar la patente “del motorcito”, como se mofó un portavoz del PP.

Si la noticia se confirma —lo que sería deseable— parece que se estaría abortando uno de los mayores faroles económicos de la historia reciente de este país. Por tanto, que nadie se lamente: de llevarse finalmente a cabo, mi bola de cristal predice que la operación Gran Scala se habría desarrollado de la siguiente manera:

- Acto primero: colocación de la primera piedra. Las autoridades de Aragón hacen declaraciones acerca de la importancia del proyecto para la región, del espíritu de colaboración que ha presidido las negociaciones, la riqueza que se va a crear, los puestos de trabajo, lo sostenible del proyecto, bla, bla, bla.

- Acto segundo: las primeras fases del complejo se abren al público sin que estén terminados, o ni siquiera en fase de ejecución, los nuevos accesos al mismo. De la estación del AVE, mejor ni hablemos.

- Acto tercero: los promotores del proyecto se quejan amargamente de que éste no está resultando tan rentable como se esperaba. Reuniones con el gobierno de Aragón para negociar alternativas. Se presenta Residencial Gran Scala: proyecto de macrourbanización —sostenible, faltaría más— de los terrenos vacantes, a sólo media hora de Zaragoza y dos de Barcelona, al alcance de todos los bolsillos, que viene a completar la oferta de ocio de Gran Scala, de modo que se creará más riqueza, más puestos de trabajo, bla, bla, bla. Visite piso piloto, o concierte una cita con nuestros agentes. O sea, y leyendo entre lineas: P-E-L-O-T-A-Z-O.

 

En este artículo de Carlos Hernández Pezzi —presidente del Consejo Superior de Arquitectos de España—, y tras las habituales loas a la gran altura y prestigio internacional de la arquitectura que se hace en nuestro país, se puede leer lo siguiente:

España es una potencia arquitectónica que combina la noción de trabajo individualizado y la atención personal con el prestigio empresarial de la competitividad exterior en mercados difíciles, en los que ya estamos participando como un sub-sector económico más. Falta que nos convirtamos en una potencia en innovación urbana, pues el urbanismo sigue siendo una de las cuestiones menos transformadas en los últimos años. Salvo casos paradigmáticos, o acciones puntuales, no hemos hecho un avance paralelo al de la arquitectura, ni tan cualificado, en las escalas de ciudad, en la calidad de entornos y medio ambiente urbano, en eco-barrios, en conjuntos comunitarios de tele-trabajo, en soluciones colectivas para jóvenes y nuevas familias, en lugares de residencia e innovación tecnológica, en mejoras del paisaje y las periferias urbanas, en seguridad, calidad y belleza de nuestras ciudades.

Este tímido mea culpa no es ninguna novedad. Gentes como Oriol Bohigas, Horacio Capel o Francesc Muñoz llevan tiempo alertando sobre la creciente dualización arquitectónica que se está produciendo en España: la buena arquitectura se está conviertiendo cada vez más en un asunto de exhibición. Ciudades, pueblos y hasta aldeas rivalizan por conseguir un edificio proyectado por alguna vedette mediática, con el previsible resultado de que en todas partes se ven clones de los mismos puentes, auditorios y museos. Mientras tanto, la estética de adosado y la del bloque de viviendas —lo que se puede denominar urbanismo de promotora—, auxiliado por la inestimable colaboración de los ayuntamientos, continúa su marcha triunfal, arrasando con todo lo que se le ponga por delante. No tiene razón Hernandez Pezzi en decir que el urbanismo sigue siendo una de las cuestiones menos transformadas en los últimos años; la transformación ha sido profunda, ha sido rápida, y ha sido para mucho peor. Lo que ocurre es que la arquitectura ha sido dejada al margen: ni los arquitectos, ni por supuesto los ciudadanos, son quienes deciden cómo son los entornos urbanos, sino que son los nuevos señores del ladrillo quienes lo hacen. A su imagen y semejanza, además.

Requiem

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Este bonito edificio con influencias Art Déco —que se ha llamado toda la vida Châlet Saint-Pierre, aunque ahora no tiene nombre— es un ejemplo de cómo fue el barrio en el que vivo, hasta que los hijos de la misma burguesía que lo creó descubrieron, a partir de los años cincuenta, que era mucho más rentable construir bloques de pisos para los inmigrantes que mantener las casas de veraneo que habían heredado.

Schumpeter, siguiendo una pista iniciada por Marx, hablaba de los procesos de destrucción creadora como característicos del sistema capitalista; según aquél, la competencia es el motor que aleja las economías del estado estacionario, destruyendo los equilibrios existentes mediante la innovación y el cambio. El concepto ha hecho fortuna también en geografía urbana; del uso ideológico de la reforma urbana se habla en este artículo.

Ninguna época ha sido ingenua: la creación de mi barrio, a finales del XIX, no fue una operación menos económica que cualquiera de los cientos de PAIs que se han perpetrado en los últimos años. Pero a lo que sí se podría aspirar, modestamente, es a que los promotores contemporáneos estuvieran a la altura de la profesionalidad que demostró José Manuel Cortina a la hora de planificar un barrio que sigue siendo funcional cien años después de su creación, y con una densidad y una población diez veces superior a aquella para la que fue pensado.

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria sigue ocupando un espacio importante en las secciones de economía de los medios de distracción masiva: aquí y aquí hay dos buenos ejemplos. En los dos, se trata de abrumar con números sacados de contexto, para a continuación repetir las mismas recetas de siempre. Bueno, no están todas; falta la de poner más suelo en el mercado, pero no creo que tarde en reaparecer esta vieja estrella: es sabido que Keynes decía que los hombres más supuestamente prácticos y ajenos a la teoría suelen actuar según las ideas de algún economista difunto. Lo peor, cabe añadir, es que lo hacen pensando que las ideas son suyas.

No hay que culpar a los promotores por ello; al fin y al cabo, se trata de su negocio, y raro sería que ante la crisis no intentaran capear el temporal de la manera que consideran menos gravosa para ellos. Pero tampoco está escrito que lo que ellos creen que es la solución lo sea efectivamente. Ni tampoco —con el permiso de todas las teorías de la elección racional— que lo que los agentes crean que es la mejor opción lo sea en realidad: lo que parece estar ocurriendo en el mercado de alquiler —cogiendo la noticia con pinzas, faltaría más— es un buen indicio de lo que el profesor García Montalvo viene diciendo desde hace tiempo: que la política de ayudas y desgravaciones se traslada al bolsillo del promotor, sin que contribuya para nada a facilitar el acceso a la vivienda a quien lo necesita.

A lo mejor es que yo soy algo tiquismiquis, y tengo una predisposición negativa respecto de la prensa española en general, y de esa biblia laica que pretende ser El País en particular, pero titulares como el siguiente no hacen mucho para persuadirme de lo contrario:

La hipoteca y los créditos se llevan el 40% de los ingresos de los españoles

De los de todos, señora; de los suyos, de los míos, y de los de aquel señor que pasa por la calle. Teniendo en cuenta que se ha repetido hasta la saciedad que una economía familiar se puede considerar en riesgo cuando dedica más de un 35% al pago de préstamos, resulta que, según El País, los hogares españoles están al borde de la insolvencia. El cuerpo de la noticia está a la altura del titular, en cuanto a alarmismo se refiere:

Tres de cada cuatro españoles dedica en la actualidad más del 40 por ciento de sus ingresos a pagar la cuota mensual de préstamos y financiaciones, como la hipoteca y las tarjetas de crédito, según un estudio de la Agencia Negociadora de Productos Bancarios. Este dato supone un aumento de 13 puntos porcentuales respecto a los hogares que se encontraban en esta situación hace cinco meses.

Ahora bien: resulta que el estudio de marras en el que se basa la noticia tiene por universo los españoles entre 25 y 64 años con vivienda en propiedad adquirida mediante un préstamo o crédito hipotecario. ¿No es lo mismo, verdad? Mayormente porque los españoles que están en este grupo son, más o menos, un 25% de la población. O sea, que los que dedican en la actualidad más de un 40% de sus ingresos a pagar la cuota mensual de préstamos y financiaciones son el 75% de un 25%: menos de un 19%. Aproximadamente uno de cada cinco. No es que sea poco, pero no tiene mucho que ver con el panorama apocalíptico que pinta El País. Digo yo, vaya. Aunque claro, vivimos tiempos de incertidumbre económica —como si hubiera alguno que no lo fuera—, y este tipo de alarmismos, por lo visto, venden bien.

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